cuento por Viridiana Lizardo Briseño
Al igual que cualquier día de trabajo, a la misma hora y en la habitación habitual, ella abre los ojos, mira el reloj, se pone de pie y comienza sus actividades diarias. Cuando es momento de irse, vuelve la vista hacia el reloj, apura el último trago de café para salir de su casa con la seguridad de que aún puede tomarse su tiempo.
Sube al autobús sin siquiera echar un vistazo a sus compañeros de viaje. En cierto momento el vehículo se detiene y ella baja de él automáticamente. Ha llegado a su lugar de trabajo.
Montones de oficinas cuadradas, grises y todas idénticas la reciben. Nadie habla con nadie, todas las miradas se dirigen al piso, se escucha el murmullo del incesable tecleo y uno que otro teléfono gritando para romper la monotonía. Camina entre los cubículos sin ser notada, se sienta entre cuatro insípidas paredes y recibe el primer saludo del día: «Bienvenido» se lee en el monitor de su computadora. Las horas se pasan en papeleos, memorandums, faxes y frías llamadas telefónicas.
A las diez en punto se talla los ojos, estira los brazos y se dirige a almorzar. El usual pedazo de pan, que obtiene de la máquina del pasillo, lo acompaña con una taza de café insípido, salido de la máquina que está junto a la anterior. Un poco más al fondo, hay una solitaria banca dónde ella se sienta a consumir lo que el par de cocineros automáticos les han escupido. Ingiere sus alimentos y el crunch crunch crunch que se obtiene al masticar no interfiere en la aburrida atmósfera.
La puerta principal se abre, se escuchan unos zapatos con suela de goma rechinar en el piso de cerámica, el sonido se acerca y se detiene interrumpiendo el maravilloso paisaje de azulejo, donde antes sólo había cuadrados grises ahora había un par de calaveras observándola desde los zapatos de algún intruso.
Ella levanta la mirada y lo que encuentra son un par de ojos mirándola fija y profundamente. Aquellos ojos le prestan la atención que nunca ha recibido en su vida, aquél rostro le sonríe tiernamente como nadie le había sonreído en aquella oficina, ese hombre extraño le acaricia el rostro mientras le susurra al oído:
—Hola bonita. ¿Quieres que te saque de aquí?—. Dice él, su voz es profunda y relajante. —Dime que sí, cierra los ojos y te ayudaré a escapar.
Sin pensarlo dos veces, asiente con la cabeza —¿Qué loca le diría que no a su príncipe azul?— y cierra los ojos con confianza. Siente como él se le acerca y deposita tibio beso en sus labios y uno helado en su frente.
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