

Manuel Felguérez nació en la hacienda de San Agustín del Vergel, en Valparaíso, Zacatecas. En 1928 se vivían tiempos muy


conflictivos, unos años antes había terminado la revolución armada, pero la tenencia de la tierra no era segura y los reclamos agrarios se extendían por todo el país.“Mi padre comandaba ciertas fuerzas para defender la hacienda, pues los campesinos reclamaban la tierra por medios violentos. Uno de mis primeros recuerdos fueron algunos enfrentamientos a balazos entre las fuerzas ‘leales’ de la hacienda y los agraristas.”

Por razones de seguridad la familia emigró a la capital y su padre intentó negociar los bonos de la Deuda Agraria, pero al año siguiente murió. “Yo tenía siete años, mi madre ya no quiso volver y abandonó la hacienda. Yo volví a Valparaíso sesenta años después porque me hicieron hijo predilecto del lugar y a la Casa de la Cultura le pusieron mi nombre. Si no regresé antes fue porque mi madre siempre me decía: ‘no vayas a Valparaíso porque te van a matar’.”
Los estudios primarios, secundarios y preparatorios los realizó con los hermanos maristas. En 1947 viajó a una reunión internacional de los scouts en Francia. “Durante esa reunión visitamos varios países y al término de mi viaje tomé la decisión de dedicarme al arte como forma de vida.”
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Taxidermista, antropólogo por necesidad, artesano, viajero, investigador y maestro, Felguérez es antes que nada un niño que diariamente descubre el mundo y, ávido de sensaciones, juega con la materia, quita y pone, arma y desarma buscando en sus entrañas el secreto de la belleza de las formas. Su estancia europea lo lleva al abstraccionismo y más tarde al geometrismo en sus formas básicas: el círculo, el triángulo, el rectángulo y el cuadrado; en la combinación de ellas va a desarrollar su propio lenguaje.
En la década de los sesenta Felguérez hizo alrededor de treinta murales a base de relieves con chatarra de fierro, piedras, arena, conchas. Destacan entre ellos el del cine “Diana” y el del balneario “Bahía”. “Fue mi sistema de promoverme y de darme a conocer. Cobré lo mínimo, lo necesario para vivir. Finalmente cerré el taller y regresé al caballete, pero yo ya era conocido a nivel nacional e internacional y todo fue muy diferente.”
“Nunca pretendí vivir del arte, me gané la vida dando clases. Fui maestro en la Universidad y ahora estoy jubilado. Nunca me gustó depender de la venta. Vender la obra propia es muy angustioso: yo pintaba y pintaba y los cuadros se acumulaban.”


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